Identificar a niños con problemas de conducta en el aula es esencial para ayudarles en su desarrollo y crecimiento.
En nuestras aulas encontramos una gran variedad de alumnos diferentes en cuanto a género, cultura, estilos de aprendizaje, formas de pensar, entornos familiares, dificultades físicas y/o intelectuales, trastornos del neurodesarrollo, trastornos de conducta, etc.
Es necesario atender a todo el alumnado teniendo en cuenta sus diferencias y la diversidad ante la que nos encontramos, sin que ello suponga un impedimento en el proceso de enseñanza-aprendizaje. Esto representa un reto diario para el profesorado, ya que a veces se encuentran desbordados por no tener los recursos suficientes para hacer frente a las problemáticas específicas de cada alumno. A su vez, esto repercute en el clima del grupo de clase, y por tanto en el desempeño académico del alumnado.
Además, en numerosas ocasiones nos encontramos que los menores manifiestan conductas problemáticas, que representan una dificultad para el desarrollo del grupo.
¿Cómo se manifiestan?
Se pueden manifestar de múltiples formas:
El alumno se enfada constantemente
Miente para evitar un castigo
Grita y contesta de malas maneras a sus compañeros y/o al profesor
Le cuesta permanecer sentado y/o se levanta sin pedir permiso
Interrumpe constantemente y dificulta seguir el ritmo de la clase
Presenta conductas desafiantes o antisociales
Manifiesta conductas violentas (de forma verbal o física)
A menudo pensamos que estos comportamientos se deben exclusivamente a un problema de conducta, por lo que solemos castigar a estos alumnos o intervenir con ellos de forma equivocada. No obstante, estas conductas problemáticas son la punta del iceberg de lo que puede ser un desajuste en las distintas áreas de desarrollo del menor.
Es necesario conocer qué está ocurriendo a nivel familiar, social y personal, para ver si está interfiriendo en la conducta que consideramos problema.
Es por ello muy importante tener en cuenta la situación individual de cada alumno y realizar en el caso que sea necesaria una evaluación psicopedagógica desde el centro o una evaluación global del neurodesarrollo, para poder actuar acorde a las necesidades específicas de cada niño.
El menor puede estar viviendo en el área familiar una situación complicada, que sea una fuente de estrés para él, bien sea la separación de sus padres, estar expuesto a estilos parentales disfuncionales, el nacimiento de un nuevo hermanito, un cambio de casa, etc. lo que le puede estar causando un desajuste que se traduce en estos comportamientos que desde el exterior se ven como disruptivos.
En otras ocasiones, el alumno puede estar teniendo dificultades en el ámbito social a la hora de relacionarse con sus iguales, puede estar sufriendo acoso escolar, y no saber cómo gestionar lo que está ocurriendo.
Por último, en la esfera personal, podemos encontrar niños con problemas atencionales que les dificulten mantener la atención de forma sostenida y por lo tanto comiencen a presentar conductas disruptivas; dificultades de aprendizaje no detectadas que hagan que el menor presente rechazo hacia las tareas escolares y lo exprese con comportamientos problemáticos; en ocasiones nos encontramos con hipersensibilidad/hiposensibilidad sensorial que hace que estar en el contexto de clase sea muy molesto para ellos y no sepan cómo regularse de forma autónoma…
Por todo lo mencionado, es necesario que no nos quedemos en la superficie del problema, sino que hagamos una evaluación exhaustiva con un adecuado análisis funcional por parte de profesionales, para ver qué está ocurriendo en la vida del menor, y así poder ofrecer una intervención adecuada.
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